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Nacimientos....

 

Hasta el momento he sido lectora de blogs de otras personas, unas conocidas y otras desconocidas por mi. Y al leerlas siempre me he preguntado: ¿qué puedo aportar que realmente sea interesante? Entre reflexiones académicas, personales, políticas, culturales.... que no tengan el matiz de un diario público de quinceañera madura.

Me gustaría reflexionar sobre un tema en el cual soy participante y que estos últimos meses he estado analizando desde mi propia vivencia y la de miles de personas más. Me refiero a la inmigración. En este sentido lo que voy a escribir serán más bien aproximaciones a lo que en algún momento será un criterio más formado al respecto. No soy especialista en el tema, sino que más bien soy protagonista.

Me gustaría hablar sobre la inmigración, desde el punto de vista de la persona que deja su casa, su familia, sus amigos, "su todo" y se marcha a otro lugar. Los motivos pueden ser muy distintos, más o menos justificados, mejor o peor pensados, pero el hecho es que se deja lo que uno es para ser algo que uno todavía desconoce.

A casi diez años de la salida de mi anterior "todo", me paro a visualizar el proceso de tomar mi maleta, subirme al avión y dar la espalda a lo que para mi había sido único hasta ese momento. Todos los que emigramos recordamos con claridad los momentos antes del viaje, el viaje y la llegada, así como la fecha. Es como nuestra segunda fecha de nacimiento. De hecho es un nacimiento.

Siempre he dicho que mi nacimiento fue esperado, preparado meticulosamente y nada traumático (aunque sí doloroso) para mi y para los míos. Sabíamos desde siempre que mi destino era ese, desde pequeña lo había dicho y los míos así lo habían asumido. Al otro lado del océano me esperaba un mundo nuevo, luminoso, desconocido y mágico. La gestación duró muchos meses y mi partida no dejó deudas ni emocionales ni económicas, no dejó seres que dependían de mi, ni dejó procesos a medio hacer. Me vine a nacer con todas las ganas del mundo. En una bolsa militar de la segunda guerra mundial, traje mis cosas más preciadas y útiles y en la mano un reloj-calculadora dedicado con amor. El aeropuerto del Prat de Barcelona fue mi sala de parto, una confusa, enorme y poblada sala de partos. Me recibió una familia que me había esperado en la gestación y que ahora se alegraba de acogerme en su seno.

Las historias de otras personas, es menos dulce, ya que la gestación es más bien dolorosa, al igual que el parto y la posterior vida nueva. Porque en el camino dejan deudas emocionales y económicas, seres que dependen de ellos, procesos inacabados, sueños rotos. Y esta gente, toma sus maletas y con el traje nuevo comprado para la ocasión se suben al avión a buscar un sueño muchas veces (diría yo la mayoría) muy alejado de una realidad que luego sienten estrujarse en cada poro de su morena piel.

Durante estos años de mareas de inmigración he escuchado y visto de cerca historias desgarradoras que no sabes si enjuiciar al protagonista, al mafioso que está detrás o al sistema: madres que abandonan a sus niños pequeños, madres que dejan a sus familias y que luego de sufrir unos años la separación rehacen sus vidas formando nuevas familias en su nuevo destino, padres que olvidan por qué salieron de sus casas, seres solitarios que vagan por las ciudades los fines de semana en busca de la familia que no tienen, de la comida a la que no han sido invitados, de la charla que no encuentran.... Seres partidos en dos, que recuerdan el país que dejaron como el edén perdido y que viven en el nuevo país como forasteros en el desierto.

Sin embargo creo que esta inmigración (latinoamericana) es aún menos traumática y dolorosa que la que realizan las personas que vienen de los países asiáticos, de oriente o africanos, para la que la gestación y el parto implican un riesgo mortal elevadísimo. Pero de estos hablaré otro día.

Por ahora mi primera reflexión....

27/06/2008 12:32 ceciliaurquizu Enlace permanente. sin tema Hay 3 comentarios.

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